“En la necesidad solidaria de los demás, la fragilidad se hace costura comunitaria”

REMEDIOS ZAFRA Ensayista e investigadora

Explicó, en el Foro Gogoa, dónde queda la esperanza en un mundo conectado y movido por fuerzas monetarias que están transformando las maneras de vivir el presente y de entender el futuro

Trini Díaz

PAMPLONA | 04·02·24

Fotografía de Remedios Zafra. OSKAR MONTERO

Sus palabras son testimonio y convicción de que la fragilidad teje comunidad y alimenta la esperanza en un presente frágil, individualista y competitivo. La necesidad solidaria de los demás es el antídoto para afrontar el futuro “allí dónde la ansiedad, la contingencia y la precariedad se normalizan como nuevos lenguajes afectivos del desaliento y del riesgo de desarticulación colectiva”. Contra el pesimismo receta conciencia, alianza e imaginación. Para Remedios Zafra detenernos a pensar en la esperanza, como sujetos y cómo comunidad, se hace hoy y ahora un mandato.

En su último ensayo “Frágiles: cartas sobre la ansiedad y la esperanza en la nueva cultura” propone pensar nuestra época desde la vulnerabilidad ¿por qué?

Creo que en la necesidad solidaria de los otros, la fragilidad se hace costura comunitaria. La vulnerabilidad reconocida obliga al sujeto a frenar y a sostenerse en los de al lado. En la nueva cultura del trabajo, muchas personas viven aisladas frente a las pantallas, agotadas y ansiosas, sobremedicadas, descansando solo para volver a trabajar, afrontando la vida como una carrera marcada por los plazos y los números. A menudo, no somos capaces de generar el desvío por nosotros mismos, y es cuando una hermana, una amiga, alguien que nos importa y a quien importamos, puede ayudarnos en este cometido.

¿Cómo surge la idea de Frágiles?

Está motivada por una voz anónima que podría ilustrar esas vidas que hoy retratan nuestra época, en este caso se trataba de una periodista, para muchos una privilegiada con acceso a trabajos temporales sin razones para sentirse angustiada y que tras leer “El entusiasmo”, mi ensayo anterior sobre cómo la pasión es instrumentalizada normalizando formas de precariedad, me interpeló reclamándome que había descrito una vida-trabajo que se parecía a la suya y que mirada desde las similitudes narradas le parecía conflictiva y menos vivible. Esta voz anónima preguntaba, ¿dónde queda la esperanza?.

¿El malestar es el punto de partida necesario para la esperanza?

El malestar es parte de la conciencia y lo necesitamos para la esperanza. Me refiero al malestar que surge como incomodidad ante lo doloroso o lo intolerable sin caer en el pesimismo y que nos lleva a pedir, reclamar o, en muchos casos, creer. Habitualmente esas reclamaciones no pueden ser resueltas por uno mismo sino que necesitan de la implicación social y de los demás. Es como cuando alguien con un familiar enfermo te dice: “la esperanza está en saber que alguien está trabajando por curarle”.

¿Dónde reside la esperanza?

Pienso que en la conciencia de fragilidad convertida en lazo social y en cuidado, pero también en el desvío que nos saca de la resignación y se ayuda de imaginación e implicación por un futuro mejorado en tanto imperativos para comprender y transformar el mundo. La esperanza de la que hablo es un afecto que pone el foco en lo comunitario, en el poder que una sociedad tiene para mejorar las cosas, y que acompañada de conciencia e imaginación no está exenta de rebeldía.

¿Cómo afrontar el futuro sin caer en el desaliento?

La esperanza está reñida con el pesimismo pero no con el malestar y mucho menos con el malestar que aquí reivindico: el que nace de la inquietud de la conciencia y puede transformarse en una espera rebelde e inconforme con la resignación. Solo cuando pensamos que algo puede, que algo debe cambiar, el hilo de la esperanza germina. Es entonces que a la conciencia de injusticia, desigualdad o dolor se une esa conciencia que se dice: “esto no puede ser, algo tenemos que hacer”. El desaliento juega a favor de un sistema económico que favorece el individualismo y boicotea los vínculos comunitarios que precisamos para la esperanza.

Si la esperanza se fragua en comunidad, ¿cómo podemos construirla?

La comunidad se construye con lazos que hablan de un “me importas, te importo, nos importamos”. Si os fijáis, una característica del capitalismo es que los intercambios prescinden de lazos morales entre las personas, pero los necesitamos. En el feminismo y la sororidad encuentro una potente analogía para la esperanza, que nos habla de un poder distinto.

¿Se trata, entonces, de cambiar la manera de ejercer el poder patriarcal?

Las formas de dominio que han prevalecido en nuestra cultura hablan de un poder como juego bélico o lucha entre bandos, que solo concibe triunfo frente a derrota, valientes frente a temerosos, y educa a unos y otras para serlo. Es un poder de sometimiento y no de hermandad; es decir, no es horizontal ni solidario. Aceptar la repetición de esta forma de poder y miedo, educado ahora de la mano del tecnocapitalismo, supondría descartar acciones positivas como la autocrítica, la generosidad o la bondad de nuestros proyectos de vida, trabajo y futuro, dando como alternativa el triunfo de lo mismo: un mundo insolidario de desconfianza, injusticia y agresión.

Una vida que merezca la pena vivirse, ¿debe poner en el centro los cuidados?

Para amortiguar la angustia y la desesperanza no solo hay que trabajar identificando y enfrentando a quienes las causan, sino por los lazos que nos vinculan y pueden transformar las reglas del juego. Tantos siglos hablando de héroes, batallas, perdedores y culpables, resulta agotador y estúpido; ¡si ya somos frágiles! ¿no debiéramos, por fin, comenzar a cuidarnos? Creo que “una vida que merezca la pena vivirse” necesita probar otras tentativas, cambiar la palabra victoria por cuidado mutuo. Solo cuando entendemos la vida como cuidado de distintas vidas y del planeta evitamos repetir la historia de siempre. Bien saben quienes cuidan que vivir requiere también aprender a hacerlo como seres vulnerables.

¿Qué futuro nos anticipa el capitalismo tecnológico?

El futuro como algo mejorado que nos moviliza se proyecta hoy boicoteado, negado a los más jóvenes cuando hablamos de una “juventud sin futuro”, o dibujado como un listado de desgracias y catástrofes “sentenciadas” sobre las que sentimos que no podemos intervenir. La dificultad para construir un futuro con trabajo estable y vivienda en un lugar y planeta seguros, pero sobre todo la vivencia tecnológica, empuja a las personas a vivir lo que la antropóloga brasileña Paula Sibilia denomina un presente presentificado, favoreciendo actitudes más egoístas y competitivas que casan muy bien con el capitalismo tecnológico: “si tú quieres, puedes”, “tú eres el producto”, “búscate la vida”, entre otros lemas que subestiman el vínculo colectivo.

¿La tecnología está transformando las formas de entender el futuro e incluirlo en nuestras vidas?

A priori, pensar en una cultura tecnológica regida por fuerzas monetarias nos lleva a pensar en cómo hoy se prima la productividad competitiva centrada en uno mismo y sostenida en aceleración, caducidad y lógicas acumulativas. Creo que estas inercias favorecen la celeridad del presente continuo, la impresión frente a la concentración, el vistazo frente a la lectura pausada, la idea preconcebida frente a la innovadora, pero también esa terrorífica forma de entender la sociedad desde la polarización y el maniqueísmo cuando la elección es ser adscritos entre dos opciones: bando A, bando B, ganador-perdedor, como si el mundo fuera más un videojuego.

¿Sustituirán las máquinas al ser humano?

Cuando pensamos en la tecnología tendemos a imaginar las máquinas futuras como si fueran humanos, y pasamos por alto que los humanos cada vez más nos parecemos o actuamos como las máquinas, mecánicamente, protocolizados, bajo inercias donde normalizamos delegar hasta los dilemas éticos en la tecnología y a relacionarnos mediados habitualmente por pantallas. En cierta forma, mientras el planeta se calienta asistimos a una suerte de enfriamiento humano que premia la eficacia en detrimento de la empatía. La cuestión quizá sería ¿maquinizarán las máquinas al ser humano?.

¿Las posibilidades de inmersión virtual son un refugio peligroso frente a una realidad problemática?

La confluencia de lo real, lo simbólico y la fantasía a través de los marcos digitales permite distintas formas de evasión, entretenimiento y experimentación de la vida y del futuro. Pero ocurre que cuando faltan alternativas vitales o el mundo de afuera nos supera es fácil caer arropados por la inmersión tecnológica y desnortados colectivamente. Me pregunto hasta qué punto la capacidad inmersiva de las vidas proyectadas en las pantallas, puede ser un recurso de docilidad goloso para los capitalismos y poderes por llegar, un mundo resignado cuando la esperanza está en crisis.

La pantalla nos permite verlo todo al mismo tiempo, pero ¿mueve conciencias?

Es “un todo” donde curiosamente el conflicto mueve más audiencia que la bondad o la justicia, donde las personas viven enganchadas a las pantallas y al presente. Algo terrorífico de la época es la hipervisibilización constante de los conflictos de un mundo donde nos sentimos desubicadas y desesperanzadas. Y es crucial entender que ese pesimismo empujado puede ser fuente de desmovilización colectiva y de desapego social, genera resignación (esa gasolina para el fuego de la desigualdad). Como dijo el filósofo francés Jacques Derrida, “lo terrorífico del animal de ojos duros y de mirada seca es que ve todo el tiempo”.

¿Qué consecuencias trae la crisis de esperanza?

Es la base de la cultura precaria e individualista que alimenta la desigualdad contemporánea y la ansiedad normalizada, incentivando acumular, pasar epidérmicamente por las cosas, centrarse en uno mismo, lograr más y más rápido, alimentando esa ansiedad como base del consumo como respuesta. Una ansiedad que nos habla de cómo gran parte de los miedos y malestares contemporáneos tienen que ver con cómo lo que nos perturba no es afrontado por el pensamiento, la lectura o conversación pausada, lo que las humanidades ayudaban a afrontar, sino que son respondidas con impaciencia, tapadas de pantallas y fármacos, botones rápidos que apagan lo que duele sin abordarlo.

Respondemos con botones y pastillas que nos permiten seguir produciendo.

Ambos son respuesta de la época para paliar lo que duele sin dejar de producir, pero cayendo como adictos. La química responde hoy al sufrimiento con periódicas dosis que alivian el malestar durante un rato, o durante el resto de la vida si se normaliza su consumo, porque se naturaliza la ansiedad como problema. La diversidad de pastillas para los miedos contemporáneos pueden hoy subir el grado de concentración, bajar la inquietud y regular la inseguridad como el panel de control psíquico de una estabilidad consensuada.

¿La cultura digital nos presenta un mundo simplificado, ocultando lo complejo?

Lo complejo requiere tiempo y el tiempo se vive de otra manera. Pero también observamos que Internet visibiliza un mundo mientras su tecnología suele invisibilizarse como lente. De hecho, a medida que la digitalización ha avanzado, los estratos matemáticos y tecnológicos se han hecho más opacos, los aparatos se han hecho más herméticos y el contenido no deja ver la capa de programación, las instrucciones, la ideología… Desde los noventa hemos asistido al cierre de esas capas y sus mecanismos son enceguecidos por todo lo que nos ofrecían, pasando por alto más de veinte años de cesión gratuita de nuestros datos con los que conocernos y anticiparnos.

En las redes ¿nos convertimos en producto y marca?

Las redes se construyen sobre la conversión del sujeto en producto y marca, un sujeto ensimismado que, en tanto está expuesto en el escaparate digital, está también sometido al escrutinio público todo el tiempo. Si en otro tiempo el problema fueron las sombras, hoy lo que perturba es el exceso de focos y luces que, en un mundo interfaceado por pantallas, dificultan la atención, alientan saciar lo que se desea ya y priman al yo como protagonista.

¿La vida espiritual y las humanidades se subestiman en este universo tecnocapitalista?

La cultura digital prima ideas neoliberales de éxito y triunfo ligadas al yo y al capital, con trabajos precarios y competitivos orientados al beneficio rápido y al entretenimiento envasado donde lo muy visto es lo más valioso. No es baladí que paralelamente al crecimiento de negacionismos de la ciencia acrecentados en las redes, y a la primacía de saberes cuantificables que han puesto en la estadística y en las matemáticas el corazón estructural de la nueva cultura, los saberes que se ocupan del arte, de la conciencia crítica y de la ética, que ayudan a pensarnos en la complejidad y la contradicción, sean cuestionados. La poesía, la filosofía y el arte son lugares privilegiados donde es posible hacer convivir contradicciones, subjetividad, “pensamiento con alma”, complejidad no domesticada.

Un dato preocupante es que Google es el primer lugar al que acudimos cuando algo íntimo nos preocupa.

Pensamos que estamos a solas. Y sí, las preocupaciones tienden a compartirse no solo -o no tanto- con los demás humanos, sino con la propia máquina porque en la intimidad de la habitación conectada, sin testigos aparentes, las preguntas sobre: la soledad, la enfermedad, el aborto, el miedo o el suicidio llegan a Google antes que a familiares y amigas. Es parte del gran poder con el que hemos alimentado a las tecnológicas.

La inteligencia artificial en las redes, ¿naturaliza sesgos y estereotipos? ¿los algoritmos perpetúan las desigualdades?

No tienen por qué, pero su inercia es conservadora. Ahora que tenemos acceso a una multiplicidad de visiones del mundo, nuestras redes son curiosamente muy homogéneas y solemos relacionarnos con personas que piensan muy parecido porque la diferencia y el disentimiento son fácilmente apagados con un botón. Lejos de promoverse una diversidad, las formas predominantes en nuestra interacción digital en redes son homogéneas y diría que mucho más estereotipadas que antes. Sobre este asunto, la científica de datos Cathy O’Neil advierte del riesgo de desigualdad que promueven determinados modelos matemáticos usados por las tecnológicas, no solo por su opacidad y escala, sino porque para que los datos sean operacionalizados precisan ser homogeneizados.

Los discursos negacionistas y populistas se imponen en la red. ¿Podemos cambiar esa tendencia? En la hegemonía de la precariedad y en los modos predominantes de la cultura conectada se favorece la inercia, el seguir en la rueda de lo preconcebido, porque tolera mejor la velocidad y el exceso. Y ésta es una rueda a favor de los movimientos más conservadores y de compartimentos estancos, que parecen moverse dando vueltas a lo mismo. En esa inercia, la esperanza también está en el desvío frente a lo siempre igual; es decir, en interrumpir esa rutina de aceptación y provocar un giro que encienda la esperanza de que el cambio es posible.

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