CARLOTA GARCÍA ENCINA, investigadora principal del Real Instituto Elcano y profesora de relaciones internacionales en la Universidad Pontificia de Comillas, habló el pasado 8 de octubre en el Civivox Pompelo, invitado por el Foro Gogoa, sobre “las posibilidades y perspectivas de una reconstrucción humanista del orden mundial”, con especial énfasis en la situación interna de la sociedad estadounidense y las actuaciones externas de su presidencia.

Titular principal:

“El mundo de hace décadas desaparece y deja espacios que no sabemos cómo cubrir”.

Titulares secundarios:

“La lógica de la eficiencia económica ha sido sustituida por la lógica de la seguridad económica”.

“Lo que está emergiendo es un orden mucho más competitivo y fragmentado, menos previsible y multipolar”.

“El problema no es solo Donald Trump, sino una transformación más profunda de la cultura política, del funcionamiento institucional y de la percepción del papel de Estados Unidos en el mundo”.

“Trump está ejerciendo el poder a base de órdenes ejecutivas”.

“Creo que Donald Trump carece de la visión, de la disciplina y del liderazgo necesarios para unir a personas o países en torno a un plan de lo que va venir después”.

Introducción:

Carlota García Encina nos plantea una reflexión sobre los cambios en las relaciones geopolíticas en el mundo y, de forma esencial, en la situación política y social de Estados Unidos.

Entrevista: Isidoro Parra.

¿Cuáles son, en su opinión, los cambios que se han operado en el mundo?

– Durante muchas décadas hemos vivido en un sistema que tenía una arquitectura bastante reconocible con cuatro grandes características: la potencia predominante era Estados Unidos; había reglas relativamente claras; existían instituciones multilaterales que funcionaban, mejor o peor, pero funcionaban como árbitros; había una convicción extendida de que la interdependencia económica hacía que la guerra fuera menos probable.

¿Qué ha pasado con ese mundo?

– Ese mundo está desapareciendo desde hace dos o tres décadas, se está vaciando y está dejando una serie de espacios libres que no sabemos muy bien cómo se van a cubrir.

¿Podría precisar algo más sobre los síntomas de esa erosión?

– En primer lugar, el poder militar ha regresado al centro de la política internacional. Pensemos en Rusia anexionándose Crimea en 2014. Después hemos asistido a las guerras de Ucrania, Gaza, Irán y muchos más conflictos que no llegan a los periódicos. En segundo lugar, la lógica de la eficiencia económica ha sido sustituida por la lógica de la seguridad económica. Vemos sanciones y aranceles, vemos las políticas industriales nacionales, el control de los minerales estratégicos, y una gran rivalidad entre Estados Unidos y China que han convertido el comercio, la tecnología y las cadenas de suministro en instrumentos estratégicos. En tercer lugar, un liderazgo americano que está cambiando.

¿En qué sentido?

– Estados Unidos ya no es ese hegemón benévolo del pasado, ese que hizo que durante muchas décadas los aliados de Estados Unidos asumieran que su garantía o apoyo sería casi automático. Ahora vemos cómo prioriza, calcula costes, exige un reparto de las cargas y redefine sus propios compromisos.

Creo que la he interrumpido.

– En cuarto a lugar, estamos viendo que China ya no es simplemente una potencia emergente, es un actor sistémico, la segunda economía del mundo, una potencia dominante en Asia, tiene ambición tecnológica e industrial, es un socio en algunos ámbitos, un competidor en otros, y es también un rival en términos de modelo político. Su peso ha alterado la distribución del poder global de manera permanente. Lo que está emergiendo es un orden mucho más competitivo y fragmentado, menos previsible y multipolar.

En este nuevo orden, ¿qué papel va a jugar la Unión Europea?

– La pregunta que se hacen en Bruselas es si la Unión Europea quiere ser un polo o no. La Unión Europea no es un Estado ni una federación ni tampoco una potencia militar, aunque está haciendo grandes esfuerzos. Es una potencia reguladora, pero muchos europeos quieren ser algo más. Es una potencia menguante que tiene que competir en un mundo que es cada vez más hostil.

En su opinión, ¿cuales son los retos a los que se enfrenta Europa?

– Europa se enfrenta a algo más incómodo: asumir la responsabilidad estratégica en el ámbito de la defensa, en el industrial y el tecnológico, así como en el geopolítico, también con su vecindad. Europa se relaciona con una serie de potencias que no quieren estar ni en el bloque de Estados Unidos ni en el de China. Están buscando cierta autonomía, sin aislamiento, intentando diversificar relaciones, mercados y sectores; no quieren romper con el sistema, pero tampoco quieren quedarse atrapados en esta rivalidad entre las grandes potencias.

Mientras Europa se lo piensa, ¿qué buscan las grandes potencias?

– China avanza con una lógica de largo plazo. Su objetivo no es destruir el sistema internacional, sino reconfigurarlo de manera que refleje mejor su peso económico y político en el mundo. Es la segunda economía del mundo, pero también se enfrenta a una serie de limitaciones. Está sufriendo una desaceleración económica, tiene tensiones demográficas con una población muy envejecida, una dependencia de los mercados exteriores y genera desconfianza cada vez más creciente en Europa y Estados Unidos.

¿Qué papel juega Rusia entre las grandes potencias que ha definido?

– Rusia no compite desde la dimensión económica, sino que usa la fuerza como instrumento de su política exterior. Utiliza la energía con Europa, el tema de la desinformación, los ciberataques, la coerción militar para alterar equilibrios y para fragmentar los consensos occidentales. Rusia representa una fuerza desestabilizadora que está acelerando la fragmentación.

Si le parece, pongamos la vista en Estados Unidos.

– Estados Unidos está redefiniendo su propio liderazgo en el sistema internacional. ¿Qué es lo que ha pasado para que Estados Unidos solo nos transmita inestabilidad y poca confianza? Debemos ir a finales del siglo pasado y principios de este, donde hemos visto cambios en Estados Unidos y en la sociedad norteamericana.

¿A qué cambios se refiere?

– Primero, la erosión del sueño americano, la idea de que cada generación iba a vivir mejor que la anterior. El crecimiento económico no se ha traducido en oportunidades más amplias para los norteamericanos, la vivienda se ha encarecido, el acceso a la educación superior se ha vuelto cada vez más desigual, la movilidad se ha ido reduciendo y ha generado un clima de duda sobre la capacidad del país para ofrecer una prosperidad compartida. Segundo, los americanos se han sentido los perdedores de la globalización. Mientras ésta se expandía, sus sueldos se estancaban, sus infraestructuras quedaban obsoletas. Tercero, una serie de cambios demográficos, que han ocurrido de manera muy rápida, han generado tensiones culturales y políticas y han alimentado discursos identitarios en la derecha y en la izquierda.

¿Hay algo más?

– Si, la política exterior ejercida por las distintas administraciones norteamericanas. Los propios norteamericanos han visto que esta política no siempre iba en su propio beneficio. Se ha convertido en algo muy costoso, muy intervencionista, con guerras muy largas, Afganistán, Irak. Y, en quinto lugar, uno de los elementos más relevantes: la pérdida de confianza en las instituciones: desde el Congreso a los grandes medios de comunicación, los tribunales y la justicia, las agencias federales, las fuerzas de seguridad.

¿Qué papel juega Donald Trump en esta situación?

– Cuando Trump gana en el 2016, es absolutamente consciente de todos estos cambios. Así que, basándose en cuatro elementos, la economía, la migración, esa política exterior errónea y la desconfianza en las instituciones, hizo su campaña en el 2015-2016 y ganó.

Pero, en ese momento, ¿quién era Donald Trump?

– Antes de entrar a luchar por el poder era un outsider del ámbito de la política, un magnate de los negocios, una estrella de la televisión, pero olvidamos que desde hace años había coqueteado con la política. A finales de los 80 ya se le escuchaba criticar a Japón, a Kuwait o Arabia Saudí, que en ese momento eran aliados de Estados Unidos, criticaba la política de Washington, a Wall Street, a los políticos, a lo que llamaba la “nice people”. Ese mensaje de hundimiento de Estados Unidos no se diferencia mucho de lo que vemos en la actualidad.

Quiero entender que nada cambia en las convicciones de Trump.

– Trump ha coqueteado antes con la política, ha sido republicano, demócrata, independiente, miembro del Partido de la Reforma de Ross Perot. También se relacionó con el Tea Party, un movimiento que surgió dentro del Partido Republicano después de la gran crisis del 2007 y 2008.

¿Qué pasa en Estados Unidos de un presidente a otro?

– Hay una continuidad en la política norteamericana. Biden también impuso aranceles, impuso controles a los avances tecnológicos y alentó esa competencia entre Estados Unidos y China. Ambos también apuestan por menos intervenciones militares prolongadas en el exterior. Las administraciones que estamos viendo están más centradas en las prioridades domésticas y menos en las prioridades internacionales.

¿Y en la actualidad?

– Lo que tenemos es un Trump 2.0 que cuando llegó a la Casa Blanca quería continuar lo empezado en esa primera administración, pero intentando ir algo más allá. En aquel momento, Trump no pudo ejercer el poder como le hubiera gustado, porque se encontró con una presidencia que no sabía ni cómo funcionaba, no tenía una agenda clara y no tenía equipo. Ahora es distinto. Trump ya conoce el funcionamiento de la presidencia, tenía una agenda que empezó en la primera administración y que ha estado reelaborando durante los años de Biden y ya tenía un equipo. Hay tres cosas importantes para Trump: el poder. Para él, el poder lo dicta todo, no los principios, no hay aliados ni enemigos, hay fuertes y débiles. En segundo lugar, el enriquecimiento, para Estados Unidos y para los que le rodean. Y, en tercer lugar, la personalidad. Trump identifica política con su personalidad y busca el reconocimiento personal. Lo que es interesante es que ahora su personalidad es un factor de volatilidad.

No parece que nadie pueda discutirle su victoria en 2024, ¿no?

– No, además, ganó la mayoría en las dos cámaras del Congreso, en el Senado y en la Cámara de Representantes. Luego está el tercer poder, el judicial. Da la casualidad que la Corte Suprema de Estados Unidos tiene una mayoría conservadora. Así que llega Trump con una agenda, con un equipo y además tiene el control del poder ejecutivo, el que tiene él como presidente, tiene el control del poder legislativo, de las dos cámaras y en cuanto al poder judicial, resulta que hay una mayoría que es conservadora; es decir, la sensación es que puede hacer todo lo que quiera. Sin embargo, está ejerciendo el poder a base de órdenes ejecutivas.

¿Cómo resumiría la política de Trump en este momento?

– Quiere ser una superpotencia unilateral y coercitiva. Estados Unidos con Trump es impredecible, pero Estados Unidos siempre ha sido impredecible. Todos los presidentes, republicanos o demócratas, han sido impredecibles, pero siempre han sido fiables. Trump ha añadido algo más, que no es fiable. También ha cambiado la determinación con que gobierna: la sucesión de acciones y la franqueza sin disimulos con la que ejecuta cada una de ellas. Además, su entorno político le es leal. Trump hace un uso de la fuerza como extensión de la ley doméstica en Estados Unidos.

Así, ¿sin límites?

– No, a pesar de todo este panorama sigue teniendo sus límites. Estados Unidos sigue siendo una democracia, tiene sus pesos y contrapesos y lo estamos viendo en esos límites que está teniendo la propia administración Trump. Uno de ellos es el propio sistema judicial. Aunque el Tribunal Supremo tiene una mayoría conservadora, el sistema judicial es una compleja red de tribunales federales y estatales a lo largo de todo el país que ejercen sus funciones con autonomía. Muchas de las iniciativas presidenciales han sido impugnadas, algunas han sido suspendidas, parcial o totalmente, tanto por tribunales federales como por tribunales de los estados, en especial en ámbitos como la inmigración, la regulación electoral, los aranceles, las universidades, incluso políticas medioambientales. El sistema judicial está funcionando. Muchos de esos litigios han sido promovidos por organizaciones de defensa de los derechos civiles, universidades, sindicatos, empresas, asociaciones. Esta resistencia viene de una movilización social que está ampliándose.

¿Cómo están los apoyos que ha tenido Trump para ganar las elecciones?

– Empezamos a ver ciertas fracturas del propio bloque MAGA. Por un lado, los papeles Epstein: una parte de los republicanos pensaban que en estos papeles estarían muchos demócratas, pero lo que ha pasado es que en esos papeles también está Trump y ha intentado parar su salida a la luz. La base MAGA no lo ha entendido y ha empezado a haber una fractura dentro de ese grupo. Por otra parte, la excesiva atención internacional. Lo que vemos es que está fuera, en Irán, en Gaza, ahora Groenlandia. Esa excesiva atención internacional le está pasando factura dentro de su base MAGA. Y, por último, es muy poco disciplinado, empieza algo, pero rara vez lo llega a acabar.

¿Qué puede pasar en las próximas elecciones?

– En noviembre, en las elecciones de medio mandato en Estados Unidos, se va a renovar un tercio del Senado y toda la Cámara de Representantes. Esto podría poner un límite a Donald Trump. Las encuestas dicen que la Cámara de Representantes, de mayoría republicana, puede ser recuperada por los demócratas. En el caso del Senado no está tan claro. Se suponía que el Senado no iba a cambiar, pero ahora con la guerra de Irán, la subida de los precios del petróleo, del gas, de los alimentos, parece que incluso podían perder el Senado.

¿Cómo puede afectar al gobierno Trump?

– Donald Trump ejerce el poder ejecutivo como si el Congreso y los tribunales no pudieran limitarlo. Pero quizá no sea así. La Cámara de Representantes tiene dos poderes que le podrían poner un límite a Donald Trump. En primer lugar, es quien controla los fondos federales y, sin ellos, Donald Trump no puede hacer nada. Además, tiene la capacidad de supervisar y crear comisiones de investigación. Los demócratas han avisado de que van a abrir comisiones de investigación sobre numerosos asuntos: Ucrania, por Rusia, por Irán, por el enriquecimiento sobre todo del entorno de Trump y aunque eso no llegue a nada, lo que está claro es que va a crear un caldo de cultivo de cara a las elecciones presidenciales del 2028.

¿Qué pasará a partir de 2028?

– Puede haber un presidente demócrata o un presidente republicano, pero no va a ser Donald Trump. Ahora bien, si en el 2028 un presidente demócrata llegara a la Casa Blanca, muchos de los cambios estructurales que hemos visto que se han ido produciendo en Estados Unidos, durante la última década, difícilmente van a desaparecer, porque el problema no es solo Donald Trump, sino una transformación más profunda de la cultura política, del funcionamiento institucional y de la percepción del papel de Estados Unidos en el mundo. Se ha transformado el Partido Republicano y se está transformando también el Partido Demócrata. Va a ser muy difícil imaginar una política exterior de Estados Unidos como la hemos visto en el pasado. Trump es el síntoma de una transición histórica dentro de Estados Unidos.

¿Cómo queda Trump con todo esto que nos ha dicho?

– Creo que Trump será recordado como una figura perturbadora, pero como una figura de transición, no como una figura transformadora. Creo que Donald Trump carece de la visión, de la disciplina y del liderazgo necesarios para unir a personas o países en torno a un plan de lo que va a venir después.

Y, para acabar, ¿podemos pensar en un nuevo orden internacional?

– Cuando la Casa Blanca era ocupada por un presidente demócrata, en Europa nos quedábamos tranquilos, pero nos llevaba a olvidar los deberes que teníamos que hacer sobre nuestra autonomía estratégica, nuestra defensa. Creo que estamos en un mundo multipolar y tenemos que adaptarnos a él. Yo me planteo, ¿es posible un mundo multipolar con multilateralidad? Puede que sí y que esa sea precisamente la solución al nuevo orden internacional.

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