Pepa Torres: “La normalidad es un lugar que tenemos que construir colectivamente frente a las fronteras y la precariedad”

UNA ENTREVISTA DE TRINI DÍAZ 27.03.2021

Desde su compromiso con personas y colectivos excluidos, defiende una teología de la periferia porque “en los márgenes del sistema no solo hay violencia e injusticia, también alternativas de vida y redes comunitarias que son el anuncio de que es posible vivir de otra manera”

Pepa Torres habla de amor político y cuidados en tiempos de incertidumbre. Y lo hace como cronista del barrio madrileño de Lavapiés, habitado por una rica amalgama de contraculturalidad, resistencia e inteligencia colectiva. Allí vive, escribe y teje redes de apoyo mutuo. Lavapiés también ha inspirado su teología desde las periferias, valiente y encarnada, manantial de resiliencia, que moviliza a la solidaridad y a la creatividad frente a la impotencia y al no hay nada que hacer. Defiende con hechos y palabras que el cristianismo se juega hoy su razón de ser y su fidelidad en la construcción del cuidado y la sostenibilidad de la vida más vulnerada y urge a una praxis liberadora que levante puentes donde hay muros o sendas cortadas.

El barrio madrileño de Lavapiés es el espacio social y político donde vive y en el que participa en redes de apoyo mutuo contra la precariedad. ¿Cómo define el momento que vivimos desde la periferia?
–En tiempos de incertidumbre, de distancia social y de exceso de sufrimiento, como el que estamos viviendo, necesitamos compartir una mirada contemplativa y crítica ante el desorden de un sistema en guerra contra la vida, pero no porque la pandemia sea una guerra a la que hay que combatir –como se nos dicen desde los discursos hegemónicos– sino porque es el capitalismo el que está en guerra contra las bases mismas de la materialidad de la vida. Una guerra que genera un abismo de desigualdad, de pobreza y que nos conduce al expolio del planeta y al colapso climático. Son hechos tremendamente relacionados con las causas de esta pandemia y de otras que posiblemente vendrán a no ser que modifiquemos nuestros estilos de vida, de consumo y de producción. Vivimos tiempos de polarización política y social en los que la cultura del diálogo y del encuentro se convierte en una urgencia inaplazable porque también, como bien sabemos, esta crisis no ha hecho sino destapar situaciones de pobreza, de desigualdad sistémica y de expolio ecológico que habíamos naturalizado.

Ansiamos la vuelta a la normalidad, pero ¿cómo evitar volver a la casilla de salida como si nada hubiera pasado?
–Como afirma Naomi Klein, la normalidad no es un lugar al que debamos volver, sino es más bien un lugar que tenemos que construir colectivamente y, en ello, nos jugamos el encuentro con el Dios de la vida. No podemos olvidar que el trigo y la cizaña crecen juntas y que estamos siendo testigos privilegiados de inmensas generosidades y dinamismos creativos empeñados en poner en el centro el cuidado, el sostén mutuo, la vida y la alegría.

No es fácil encarar el futuro con optimismo.
–El mayor éxito de los sistemas de dominación es cuando sus valores se inoculan en nuestras propias conciencias y sensibilidades y terminan convenciéndonos que no hay nada que hacer, de que no nos queda otra opción más que la impotencia o la globalización de la indiferencia. Pero somos muchos y muchas quienes reconocemos que la bondad existe y que el amor es también social y político y nos apremia, como un aguijón, a la permanente desinstalación y a la utopía, nos dirige hacia periferias sociales y existenciales. Para ello necesitamos, como dice la teóloga italiana Antonietta Potente, orientarnos en compañía.

La palabra orientación proviene de “oriente” (por donde sale el sol cada mañana). ¿Dónde podemos encontrar ahora esa energía vital y el calor que la sostiene?
–Es necesario dar el salto de lo individual al coraje colectivo, abandonar nuestros recintos privados y hacernos visibles en las plazas públicas con quienes el sistema invisibiliza. Es la espiritualidad más allá de las religiones, la búsqueda de alternativas económicas más allá del mercado, para encontrarnos allí con hombres y mujeres que buscan a Dios sin conocerle o quizá dándole otros nombres (utopía, dignidad humana, etc).

¿En qué se juega hoy el cristianismo su razón de ser?
–Hay que elegir y hacer camino con quienes portan sueños de utopías comunitarias y abundancias de vida en plenitud y embarrarnos los pies en ello. Es ahí donde el cristianismo tiene un importante desafío y se juega su vocación de contemporaneidad y de fidelidad al Evangelio. Como señala el sociólogo y teólogo Joaquín García Roca, las grandes batallas hoy no son la secularización social, ni la laicización cultural, ni la moralización sexual. Ni siquiera la asunción de un discurso público sobre Dios, sino la recreación y la ampliación de un nosotros, de un nosotras humano y ecológico, que pasa por la construcción del cuidado y la sostenibilidad de la vida más vulnerada.

En este contexto de guerra contra la vida, la ultraderecha está en auge con discursos fundamentalistas evangélicos.
–La ultraderecha utiliza nuevas formas de cristofascismo, que es una expresión acuñada por la teóloga y poeta alemana Dorothee Sölle para referirse a esa desviación fundamentalista del cristianismo, al servicio de los intereses del supremacismo blanco y patriarcal y que se extiende a través de la propagación del miedo y de los bulos. Así llegaron al poder Donald Trump o Bolsonaro. En España, Vox es su mayor exponente, con su proclama, entre otras, que la caridad ha de empezar siempre por los de casa y legitimando desde ahí unas políticas misóginas, xenófobas y racistas de espaldas a los derechos humanos, como si unas vidas valieran más que otras. Vivimos tiempos oscuros que la historia juzgará a posteriori.

¿Por dónde empezar a construir puentes levadizos?
–Las comunidades cristianas somos todavía herederas de una teología y una espiritualidad muy dualista y excluyente que separa lo material de lo espiritual, lo profano de lo sagrado. El primer camino a recorrer sería, pues, de la brecha del mundo como enemigo de Dios al puente de la acogida y el anuncio del Dios del mundo, que anhela una profunda transformación del sistema y apuesta toda su vida en ello. Para ello, necesitamos reconciliarnos con lo pequeño, con lo débil, para descubrir ahí su marca evangélica y acoger la presencia salvadora de Dios en la fragilidad humana y en lo seminal de la historia.

Esta pandemia ya está siendo una cura de humildad.
–El sentido más evangélico de la palabra humildad viene de humus, que significa tierra. Ser humildes es vivir pegaditos a la tierra, pero desde la hondura que da el horizonte, con oído atento a los signos de los tiempos y más preocupados por la misericordia, la reconciliación y la justicia. En definitiva, un cristianismo que antepone el discernimiento espiritual y la prioridad de la vida sobre el principio y la abstracción del deber ser.

Nos enfrentamos al reto de superar el individualismo y entrar en la lógica de la interdependencia. ¿Qué nos impide avanzar?
–El individualismo posesivo es fruto, a la vez que reproduce, una antropología depredadora, funcional y pragmática, en la que el interés privado o el de unas élites está siempre por encima del bien común. Está también enormemente vinculado a la meritocracia, esa creencia perversa de que cada uno tiene lo que se merece y, de este modo, se cuestiona radicalmente el reconocimiento de la universalidad de los derechos humanos y se termina por otorgar legitimidad ética a la desigualdad. Este individualismo tiene también como consecuencia la primacía de una ética emocional e inmediatista que es incapaz de moverse en la lógica de los procesos a largo plazo que, por otro lado, son la única manera de conseguir realmente cambios personales, sociales y estructurales.

¿Domesticamos el Evangelio, lo mutilamos y lo volvemos políticamente correcto para no complicarnos la vida?
–Otro de los caminos cortados es la domesticación del Evangelio y su adaptación al status quo. Necesitamos recuperar la memoria peligrosa de Jesús y la práctica del amor político. Como afirma el sociólogo alemán Ulrich Beck, lo que libera al mundo no es una liturgia celebrada en un templo, sino la ejecución de un hombre que se hizo inaguantable a los poderosos de este mundo por su amor a los pequeños y las empobrecidas. En ese sentido, el memorial de Jesús no es un rito evasivo ni individualista, ni siquiera una devoción particular. Hay que empezar por el lenguaje de los gestos y de los hechos, pero pasa también por posiciones concretas de pérdida de privilegios y de denuncia de la idolatría del capitalismo, de su violencia estructural, de sus templos, de sus valores y de sus dogmas.

¿Cuál diría que es la brecha más honda entre cristianismo y sociedad?
–Haber separado la autoridad de Dios de la autoridad de quienes sufren, lo cual ha hecho del cristianismo una religión obsesionada por el pecado. De este modo, la moral –especialmente la moral sexual– ha pasado a ocupar un lugar central. Esto ha supuesto un desenfoque de misión inmenso y ha destruido enormemente las posibilidades proféticas del cristianismo. A veces, pareciera que la dignidad y la justicia son como dos objetos que tenemos en nuestras manos para entregárselos a quienes no lo tienen. La justicia es un parto lento, colectivo, que nace del útero, de los procesos históricos concretos, algo que no hay que dar a los pobres sino que los pueblos, las mujeres, los indígenas o las personas migrantes saben parir.

¿Hay una respuesta teológica a lo que estamos viviendo?
–La fe cristiana no remite nunca a respuestas abstractas –otra cosa es lo que sean los discursos eclesiales– sino a la encarnación, al espesor de la realidad, donde todo se da mezclado, la vida y la muerte, la gracia y el pecado. Podemos decir que no hay una respuesta teológica a lo que estamos viviendo que no sea diferente de la respuesta a la vida. Es decir, lo cristiano ha de estar siempre vinculado al fortalecimiento de las tramas comunitarias allí donde surjan, superando prejuicios y fronteras para poner en el centro de ellas a las personas vulneradas. Nuestras comunidades, si son cristianas, han de ser forzosamente en salida y no en repliegue, especialmente en tiempos de crisis.

Parece que Dios nos haya abandonado.
–El silencio de Dios no tiene que identificarse con el abandono, sino también con la presencia incondicional de quien acompaña, conmovido, sosteniendo sufrimientos y preguntas que no caben en ninguna palabra. Es el Dios de la resiliencia y el consuelo silencioso hasta el extremo. El papel de las comunidades cristianas es ayudar a que Dios –o lo que es lo mismo, el Amor y la Esperanza con mayúsculas– no se apaguen en el mundo. Los lazos comunitarios son hoy más que nunca sacramentos de esperanza.

En la era de la satisfacción, muchas personas (creyentes y no creyentes) están buscando sentido a sus vidas volviendo a la espiritualidad.
–El consumo y el bienestar económico resultan insuficientes como fuentes dadoras de sentido para el ser humano. Es ahí donde puede emerger una espiritualidad de pan y rosas (pan para tener de qué vivir y rosas para tener por qué vivir). Es importante que a esta búsqueda no se le pongan etiquetas religiosas. El pluralismo religioso y la emergencia de nuevas espiritualidades son una oportunidad para caminar con otras tradiciones espirituales y hacerlo desde esa responsabilidad compartida que tenemos ante el sufrimiento humano, la violencia de la pobreza y el destrozo de la casa común.

En el movimiento Revuelta de Mujeres en la Iglesia os definís como creyentes y feministas. ¿Se puede ser feminista desde la fe católica y la pertenencia a la Iglesia?
–El cristianismo es una buena noticia de liberación para las mujeres, sin embargo la Iglesia se ha convertido en uno de los grandes bastiones del patriarcado. El que muchas mujeres permanezcamos en ella no deja de producir perplejidad, incluso a nosotras mismas. Y por eso nos obliga también cada día a reflexionar sobre los motivos de nuestra pertenencia y a exigir reformas profundas. Somos muchas las mujeres cristianas y feministas articuladas en redes en el estado español desde hace más de 30 años (Redes de Mujeres y Teología, Asociación de Teólogas de España, Red Miriam de espiritualidad ignaciana femenina, etc). La perspectiva de género y los feminismos son percibidas todavía como amenazantes en muchas comunidades cristianas e incluso demonizadas.

¿Hay espacio en la Iglesia para ir construyendo una comunidad de iguales?
–Todavía reproduce constantemente el mito de Eva como introductora del mal en el mundo y el de la Virgen María de azul clarito, obediente, callada, sumisa y entregada sacrificialmente a la invisibilidad y a los roles familiares y domésticos. Existe, además, una antropología demasiado biologicista y trasnochada, que tampoco nos sirve a muchas mujeres de hoy. Es cierto también que la Iglesia no es una realidad homogénea y que en sus márgenes, o incluso más allá de ellos, siempre ha existido y existe toda una tradición profética de mujeres y algunos hombres que han reivindicado y “practicado” la comunidad de iguales que inauguró Jesús, pero siempre han sido minorías.

“Si las mujeres callan, gritarán las piedras”, dice vuestro manifiesto del 8M. La teología feminista ¿es un grito?
–La revuelta de las mujeres en la Iglesia es un grito estatal y mundial para romper con la invisibilidad y alzar nuestras voces. Nuestras propuestas y reivindicaciones nacen de la pasión por Jesús y la utopía del Reino y por eso las hacemos en memoria suya y en el de las mujeres del Evangelio: María Magdalena, María de Nazaret, Juana de Cusa, Susana, María de Cleofás, Marta y tantas otras que con Jesús transgredieron el orden patriarcal e inauguraron la iglesia como comunidad de iguales.

Reivindica la cuidadanía, la revolución de los cuidados.
–La cuidadanía es entendida por el ecofeminismo como un sistema de relaciones y de reorganización social, que pone en el centro el cuidado como una categoría relacional y política, sin la cual la vida no es posible. Supone reconocer que el cuidado es fundamental para la vida, que han de ser universalizables –quizás las mujeres tengamos que dejar de hacerlos para que se pongan en valor–, que son un derecho y que no pueden depender de quien tenga dinero para recibirlos. Los cuidados son también la base de la revolución de un sistema capitalista que se sostiene gracias al trabajo invisible y no retribuido que realizan muchas mujeres o de aquellas que están explotadas, devaluadas o mal pagadas como ocurre en el empleo doméstico. No puede darse por más tiempo una asimetría en los cuidados, de manera que las mujeres los dan y los hombres los reciben.

Desde las periferias del sistema, ¿se puede horadar el poder hegemónico y excluyente?
–Las periferias son el escándalo de las consecuencias de los poderes excluyentes. Estar cerca con sensibilidad, te permite no renunciar a la utopía, no instalarte en el no podemos hacer nada. Son ese lugar donde hay que forzar lo imposible porque lo posible no sirve. Algo muy potente que he vivido es con qué madurez colectiva hemos mantenido una caja de resistencia en una organización de trabajadoras de hogar, que se llama Territorio Doméstico, que ha permitido que más de 15 mujeres, que fueron despedidas, hayan podido salir adelante.

“La ultraderecha utiliza nuevas formas de cristofascismo que se extienden a través de bulos”
“No hay una respuesta teológica a lo que estamos viviendo que no sea diferente de la respuesta a la vida”
“Las periferias son ese lugar donde hay que forzar lo imposible porque lo posible no sirve”