Foro Gogoa | Cristina Manzanedo: «La inmigración no puede frenarse, pero sí gestionarse»

LA PLATAFORMA ESTATAL ESENCIALES, QUE AGRUPA A MÁS DE 1.500 COLECTIVOS, PROMUEVE UNA INICIATIVA LEGISLATIVA POPULAR PARA FORZAR AL CONGRESO A DEBATIR SOBRE UNA REGULARIZACIÓN EXTRAORDINARIA
TRINI DÍAZ / PAMPLONA

Cristina Manzanedo, abogada y experta en migraciones. Cedida

La visión del fenómeno migratorio no se ajusta a la realidad, «es miope, sectorial y simplista», explicó Cristina Manzanedo en el Foro Gogoa. Esta mirada distorsionada condiciona las respuestas políticas, las europeas y las españolas, ahora solo preocupadas por el control de flujos y no por políticas públicas de acogida y de integración. Con datos y estadísticas, demostró que «no hay avalancha ni invasión de africanos queriendo llegar a Europa», que se trata de un discurso engañoso que alimenta el miedo, criminaliza a las personas migrantes e invisibiliza a aquellas que desde hace ya muchos años viven integradas en nuestras ciudades y pueblos.

Cristina Manzanedo es abogada, experta en migraciones y máster en Derecho y Relaciones Internacionales por la Universidad de Nueva York. Su trayectoria profesional está vinculada a la cooperación internacional al desarrollo y a las migraciones. Ahora como miembro del equipo coordinador del programa ÖDOS de ayuda a mujeres sudsaharianas que llegan a costas acompañadas de menores de corta edad.

¿La visión que compartimos de la inmigración es miope y simplista?

–El foco de Europa y España está puesto en el Mediterráneo por ser la travesía más trágica. El drama del Mediterráneo se ha cobrado más de 4.400 muertos y desaparecidos en el año 2021, pero es un colectivo minoritario. Junto a estas llegadas más visibles, que son las irregulares, España registra una entrada de personas migrantes más invisible y silenciosa por vías regulares y que representan la mayoría de las llegadas. Un dato relevante es que, en el año 2021, un total de 450.000 personas extranjeras se empadronaron en España.

¿Qué más dicen los datos?

–Somos un país de 47.500.000 habitantes, de los cuales 5 millones son personas extranjeras (un 11%) y de ellos, más de la mitad, el 60%, son ciudadanos comunitarios. Los colectivos mayoritarios que residen en nuestro país son de Marruecos, Rumanía, Colombia, Ecuador, Venezuela y Reino Unido. La realidad migratoria en las últimas décadas ha conformado una España diversa.

¿Mienten quienes aseguran que una avalancha de inmigrantes africanos nos está invadiendo?

–Los porcentajes de población africana en España son bajísimos, fundamentalmente porque somos un país de tránsito hacia otros destinos de la Unión Europea, una estación más camino de Francia, Gran Bretaña o Alemania. La idea de que «toda África» está viniendo a Europa esconde una mirada distorsionada de la realidad, alentada por los medios de comunicación y el discurso político, que se centra en las llegadas irregulares y no en las personas migrantes. Y eso hace que estemos perdiendo el debate sobre las causas, sobre el papel de los Estados en la regulación de los flujos, sobre cómo se acoge a estas personas o sobre cómo están contribuyendo a nuestra sociedad. Debemos abandonar esa mirada miope que deforma el fenómeno migratorio y, al hacerlo, necesariamente también cambiarán las respuestas.

¿España está facilitando el tránsito de migrantes?

–Está siguiendo más bien una política tapón como en Lesbos, manteniendo a las personas que llegan en Canarias y ralentizando derivaciones a la Península, donde los centros de acogida humanitaria permanecen con plazas vacías. Es decir, a esta alarma contribuye también la política de Estado, no permitiendo las migraciones en tránsito y esto lo saben muy bien en Cataluña y el País Vasco. Además, la frontera con Francia para las personas negras está cada vez más cerrada.

Esta percepción amenazante de la inmigración, ¿qué oculta?

–Cuando el foco se pone en los recién llegados, ahora en Canarias, que ha sustituido a Andalucía como ruta principal de entrada, se invisibiliza que el 85% de las personas extranjeras en España tiene permiso de larga duración, es decir, llevan al menos residiendo legalmente en España cinco años y que tenemos, además, casi dos millones y medio de personas nacionalizadas a las que se sigue llamando extranjeros. Todos estos datos nos hablan de una migración ya asentada y de un proceso más maduro y complejo, de una sociedad donde cada vez hay más diversidad.

Las migraciones irregulares ni siquiera están en las estadísticas. No se tienen en cuenta para la gobernanza pública.

–No hay cifras oficiales, pero según las estimaciones más recientes, en España residen de manera irregular entre 390.000 y 470.000 personas, de las cuales una parte importante serían menores de edad. Ahora la plataforma estatal Esenciales, que agrupa a más de 1.500 colectivos, ha promovido una Iniciativa Legislativa Popular, que necesita medio millón de firmas, para forzar al Congreso a debatir sobre una regularización extraordinaria.

¿Por qué una Iniciativa Legislativa Popular para una regularización extraordinaria?

–Es el único instrumento de democracia directa con el que cuenta el ordenamiento jurídico español. Expresa la voluntad directa de la ciudadanía poniendo 500.000 firmas que solicitan al Congreso de los Diputados debatir sobre una propuesta de regularización en un plazo máximo de seis meses.

¿Es necesaria una reforma de la Ley de Extranjería?

–Esta iniciativa surge porque el sistema de acceso a la residencia, contemplado en la ley de extranjería LO 4/2000, resulta insuficiente y limitado y no se ajusta a la realidad actual de las personas migrantes. Los criterios de acceso a la residencia son muy restrictivos y de difícil cumplimiento, y el procedimiento administrativo es lento y burocrático. Esta dinámica genera una espiral de vulnerabilidad y desprotección que acrecienta la exclusión social.

¿La inmigración es un hecho imparable?

–Los movimientos migratorios son una dinámica estructural que no puede frenarse, pero sí gestionarse. No es algo a evitar sino todo lo contrario, son deseables en una Europa envejecida y que ha decidido voluntariamente reducir su población y eso tiene consecuencias. Necesitamos inmigración para mantener nuestro sistema de bienestar y competir en un mundo global. El modelo mediterráneo de integración reconoce el derecho a la diversidad y la contempla como una fuente de prosperidad porque las sociedades que se cierran sobre sí mismas se debilitan y se empobrecen. El reto a medio y largo plazo será cómo gestionar la pluralidad desde las políticas públicas.

¿La cooperación ha dejado de ser una cuestión de solidaridad?

–Ahora empezamos a entender que la cooperación no es tanto una cuestión de solidaridad, sino más bien una política inteligente en un mundo global. Cada vez somos más conscientes de que Europa no va a poder sobrevivir a costa de océanos de pobreza fuera de sus fronteras porque produce un efecto búmeran en forma de conflictos e inestabilidad política. La migración es fuente de esperanza, no por solidaridad sino por principios.

La Unión Europea ¿está fracasando en articular una política de inmigración común?

–Frente al hecho migratorio, Europa está dividida. El primer ministro de Hungría, Viktor Orban, considera por ejemplo que la migración es un peligro para la seguridad, la vida de los europeos y la cultura cristiana europea, mientras que Alemania habla de abrir nuevas vías de migración regular y reducir movimientos irregulares. Son posturas irreconciliables que dificultan la necesaria gestión colectiva de las migraciones. Este problema es el que más retos y dilemas morales está planteando en la Unión Europea.

La nefasta gestión de las fronteras exteriores, ¿qué repercusión está teniendo en las personas migrantes?

–La migración ha puesto a prueba la solidez de los valores de Europa, que se creía la cúspide de los derechos humanos. No hemos podido defenderlos. Frente a las crisis de llegadas, echamos por la borda los derechos humanos. En la gestión de fronteras, ¿hasta dónde se puede llegar en el cierre y la eliminación de garantías y libertades individuales? ¿cómo conciliar control migratorio y derechos humanos? Responder a estos retos es ahora algo políticamente imposible en Europa.

La política migratoria de Europa, ¿hacia dónde camina?

–Nos esperan años complicados porque en estos momentos se está negociando un nuevo Pacto Europeo de Inmigración y Asilo que consolida la Europa fortaleza. Europa se repliega, se encierra, y las llegadas van a ser más difíciles y con mayores costes en términos de derechos humanos. Los centros de internamiento para extranjeros van a ir a más para retener a migrantes y refugiados mientras se determina quién tiene derecho a asilo y quién no. Este es uno de los puntos más preocupantes de las negociaciones y donde la sociedad civil está intentando incidir.

¿Qué implica integrar?

–Es un proceso en ambos sentidos. Necesitamos una inmigración que quiera integrarse, pero también una sociedad que quiera integrar. Es un proceso que, además, precisa de un encaje mediante estrategias políticas, porque la voluntad de ambas partes no es suficiente. También hay que combatir la discriminación y la xenofobia e impedir la explotación laboral en las capas más vulnerables. Apostar por la interculturalidad es enfocar el hecho migratorio no desde la caridad, sino desde los derechos humanos.

¿Sabemos acoger?, ¿dónde están las resistencias y los miedos?

–Aunque existen resistencias fortísimas, los estudios lo que dicen es que la mayoría de la población tiene sentimientos mixtos, de desconfianza y de acogida. En España no ha habido ningún problema con la inmigración, no ha sido nunca motivo de preocupación, a pesar de la elevada cantidad de inmigrantes que ha recibido desde finales de los años 90. La imagen falseada de la realidad que pone el foco solo en la llegada de inmigrantes irregulares ha extendido el miedo entre la población. Hay además mucha confusión frente al islam y la cultura árabe, que se identifica con terrorismo, pero muchas de estas personas emigran huyendo precisamente de la violencia yihadista. Y hay miedo también a perder la identidad europea.

El rechazo ¿se acentúa en contextos económicos en recesión?

–Tras dos crisis muy fuertes, la financiera del 2008 y la derivada de la pandemia, la pobreza y la desigualdad están creciendo y mucha gente piensa «primero yo y luego los demás». En contextos económicos duros se resiente la hospitalidad porque hay que competir por recursos escasos y políticas sociales infra dotadas. No hay que despreciar estas resistencias, lo que debemos hacer es debatir, analizar y abordarlas.

¿La xenofobia es también una cuestión de clase social?

–La filósofa Adela Cortina acuña el término aporofobia para denunciar que lo que hay detrás de la ola de xenofobia que invade Europa y Estados Unidos, es un sentimiento de rechazo al pobre, porque lo que realmente molesta de la inmigración no es que sean extranjeros sino que sean pobres. Y esto se demuestra en las dificultades de las personas sin recursos para obtener el permiso de residencia y, por contra, en las facilidades que encuentran quienes vienen con 500.000€ de inversión o las nacionalizaciones que se dan directamente a futbolistas o gente famosa. Europa y España desprecian la migración sin recursos, presuponiendo además que no tiene cualificación, lo cual no es siempre cierto.

En el terreno político, la xenofobia está logrando escaños.

–Hasta ahora estábamos muy orgullosos de que en España y en Portugal no habían entrado partidos con un discurso abiertamente xenófobo y estigmatizante dirigido contra la inmigración, pero esto es un fenómeno europeo y de países ricos. Son también partidos antiglobalización que van en contra de los tiempos, porque el mensaje de sálvese quien pueda es la renuncia a aceptar que la realidad es compleja y que en un mundo global dependemos de los demás. Lo que más me cuesta entender es esa inquina hacia los menores migrantes, que son la parte más vulnerable. Debemos preguntarnos una y mil veces por qué están teniendo tanto éxito.

¿Falta una respuesta política más contundente que enfrente el mensaje xenófobo de la ultraderecha?, ¿somos tibios en la defensa de sus derechos?

–Ciertamente se echa en falta líderes políticos en los partidos mayoritarios que defiendan que la migración es una oportunidad, una fuente de riqueza, porque efectivamente el silencio no sirve. Da la sensación de que no lo hacen porque les resta votos. En estos momentos, no existe un escenario político equilibrado, ni un mensaje político claro que contrarreste las proclamas y disparates de la ultraderecha. Quien sí lo está haciendo es el Papa Francisco, que tiene un liderazgo moral no solo entre cristianos.

¿Cómo romper con los estereotipos que dificultan la interculturalidad?

–Entendiendo el contexto de los diferentes flujos migratorios, conociendo sus necesidades y sus expectativas, dándoles voz y espacios, potenciando su asociacionismo€ Y, por supuesto, hay que seguir protegiendo a las personas más vulnerables. Cambiar la mirada nos llevará ser capaces de acompañarles en esa esperanza que tienen en que realmente hay algún sitio en el mundo en el que pueden vivir dignamente. Y a pesar de que muchas veces lo tienen todo en su contra, no se cansan de buscarlo.

Seguimos hablando en su nombre.

–Tenemos que ir facilitando su participación pública, porque parte de su desarrollo como personas es sentir que no solo son sujetos de ayuda. En la escucha y el encuentro con migrantes descubres que hay además capacidades, deseos, y una experiencia que contar que nos habla de esperanza y resistencia. Hay muchas historias de amor y generosidad hacia sus familias y comunidades, porque son la esperanza de mucha gente que se ha quedado en su país de origen.

¿Qué historias encuentras entre las mujeres subafricanas con las que trabajas en el proyecto ÖDOS?

–Las hay que tienen un proyecto migratorio propio y que están intentando una reagrupación familiar que no han podido realizar porque es carísimo, o bien porque les han denegado el permiso o los tramites se prolongan tanto que deciden venir irregularmente. También hay mujeres a las que se les ha prometido el paraíso, a veces han sido sacrificadas por sus propias familias. Existe un mercado de jóvenes africanas en una situación de muchísimo desamparo, sin papeles y con niños a su cargo.

¿Por qué emigran las mujeres? ¿Las razones son diferentes a la de los hombres?

–No migra cualquiera, y entre las mujeres suelen ser aquellas con pocos recursos y que han sufrido situaciones de violencia sexual y de género. Es muy duro ser mujer sin recursos en África, donde los matrimonios con hombres más mayores son frecuentes, se practica la mutilación genital femenina y sufren violencia de género. En algún momento, estas mujeres han visto en la migración una forma de escapar.