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Jesús Martínez Gordo, es teólogo, profesor de la facultad de teología de Vitoria-Gasteiz, ha hablado en Pamplona sobre “El Papa Francisco: su impulso renovador y las resistencias que encuentra”, y se ha referido a experiencias de renovación pastoral que se están dado en Europa.

Titular Principal
“Francisco quiere gobernar la Iglesia con misericordia, y contar con obispos y fieles”

“La elección directa de obispos por la comunidad se hace en 30 diócesis. Su extensión ahorraría malos tragos al papado, como el que ha motivado la dimisión de todos los obispos de Chile”
“El Papa apuesta por una mirada creyente de la realidad centrada en el pueblo fiel y pobre”
“Hay, frente al Papa, una minoría beligerante que bloquea decisiones colegiales y sinodales”
“La Iglesia debe asumir que es una minoría comunitaria, sin poder y con influencia, y experimentar nuevos modelos pastorales”
Foto: Javier Bergasa

Entrevista
Javier Pagola

-¿Qué realidad encontró Mario Bergoglio el año 2013 al ser elegido Papa?
-En un gesto valiente y sorpresivo Benedicto XVI anunció en febrero de aquel año su renuncia a seguir en la cátedra de Pedro. La situación del papado y de la curia vaticana era problemática. Superada la sorpresa, no faltaron quienes indicaron que la renuncia obedecía al fracaso rotundo en que cristalizó la recepción involutiva del Concilio Vaticano II que, impulsada por Juan Pablo II y sostenida por el cardenal Ratzinger, cuajó en una crisis de credibilidad del papado y en una tensa relación con la curia, con sectores importantes de la sociedad civil, y con muchas comunidades y personas en el seno de la Iglesia. Existía una creciente y preocupante desafección eclesial en muchos países, sobre todo europeos y, entre ellos, España. La iglesia necesitaba una renovación profunda y rápida.

-El pontificado de Francisco se abrió con gestos que sorprendieron a los católicos y al mundo entero. ¿Fue el anuncio de algo nuevo?
-A un papa moralista como Juan Pablo II, y a otro teólogo como Benedicto XV, ha sucedido un papa pastor, a quien le encanta “oler a oveja”. Francisco en su primera aparición solicitó a los fieles su bendición, regresó a la residencia romana, en que se había alojado, a recoger sus enseres y pagar la estancia y, dejando los apartamentos papales, se fue a vivir en la residencia de Santa Marta, donde dice misa y predica a diario. Y, sobre todo, realizó su primera salida oficial a Lampedusa, la isla sobrepasada en su capacidad de acogida por la multitud de refugiados que llegan a sus costas, poniendo esta preocupación suya en el primer lugar de los medios de comunicación.

-Mario Bergoglio había sonado como posible Papa, a propuesta del cardenal Martini, ya en el conclave anterior a su elección. Debió ser decisiva su intervención en la reunión del episcopado latinoamericano en Aparecida, en Brasil ¿Qué dijo allí?
-Algo muy importante. Defendió la necesidad de desterrar la “indefinición y asepsia” que lastraba a la teología latinoamericana en favor de “una lectura creyente de la realidad”. Propuso superar un análisis neutral de la situación de América Latina, y favorecer “una mirada de discípulo”, de quien, como Jesús, se deja afectar por la realidad tanto al verla, como al juzgarla y en el momento de actuar para transformarla. En la centralidad que concedía a esa “mirada” propia del discípulo y al “pueblo fiel y pobre” que la sustenta se pueden encontrar algunas claves y gestos de la trayectoria actual de Francisco.

-De ese diagnóstico ¿qué preocupaciones y propuestas se siguen?
-Francisco coincide en algunas preocupaciones de los papas anteriores, pero su mirada sobre éstas es distinta. Como a ellos le preocupa la “dictadura del relativismo”, pero, en vez de primar el aspecto cultural, pone el acento en la economía y la política, en la dictadura del mercado y la especulación financiera que hacen del beneficio por encima de todo y de todos una verdad innegociable. Como a sus antecesores le preocupa la “mundanización”, que él llama “mundanidad espiritual”: la atención compulsiva al bienestar individual frente al comunitario, o a la apariencia, el prestigio y la ostentación, sin ninguna empatía con los “crucificados” del mundo actual.

-¿Cuáles están siendo las claves del pontificado de Francisco?
-Dice el Papa que la lectura de un libro sobre la “Misericordia”, que escribió y le regaló el cardenal Kasper, le hizo mucho bien y le mostró que “Misericordia es el nombre de nuestro Dios”. Por eso asegura que “un poco de misericordia hace al mundo menos frío y más justo”. Francisco quiere gobernar la iglesia en sinodalidad, es decir, de manera colegial con los obispos y contando con la corresponsabilidad de todas las personas bautizadas, y asegura que “el Papa no está, por sí mismo, por encima de la Iglesia”, sino que su ministerio no es unipersonal, y que su servicio es procurar la unión y comunión de todos sus miembros. Por vez primera un Papa ha presentado el programa de su pontificado: lo hizo en su exhortación apostólica “El Gozo del Evangelio”, donde se muestra partidario de llevar adelante el contenido de los textos del Concilio, de mantener una actitud misionera “de salida” al encuentro de la gente, y recuerda que el sentido de nuestra vida y “el camino de nuestra redención esta señalado por los pobres”. Sabe que la vida de los pobres necesita purificarse de machismo, alcoholismo, violencia domestica y creencias fatalistas, pero, una vez depurados esos defectos, “Dios presenta un rostro concreto y de trato con Él por medio de los pobres.

-El papa Francisco ha cumplido ya cinco años al frente de la Iglesia. ¿Qué cuestiones principales ha querido abordar?
-La centralidad de los pobres, la “conversión” del papado, la reforma de la curia vaticana, la apuesta por impulsar un gobierno sinodal (de compañía en el camino) junto con los obispos y todos los bautizados, y el acercamiento a otras religiones están siendo algunos ejes principales. A eso hay que añadir una revisión a fondo de la moral sexual y del matrimonio, la presencia y ausencia de los jóvenes en la Iglesia, la ecología y cuidado de la tierra, el seguimiento de Jesús crucificado y la participación en las anticipaciones que trae Cristo resucitado, la erradicación de la pedofilia, y la apertura del debate teológico sobre muchos temas hasta ahora bloqueados como el diaconado femenino, el acceso al sacerdocio de “hombres de vida probada”, o el sacerdocio temporal y ocasional. Queda también abierta la puerta para recuperar y relanzar propuestas e investigaciones, prematuramente clausuradas anteriormente, sobre la manera de organizarse la comunidad cristiana (por ejemplo, la experiencia de Poitiers) o sobre el mismo sacerdocio de la mujer.

-¿Qué resistencias principales está encontrado el Papa Francisco fuera y dentro de la Iglesia?
-Algunos dicen que está infectado de comunismo, otros, neoliberales, le acusan de un “buenismo” tal moralmente admirable como prácticamente inútil y ciego. Dentro de la Iglesia, hay quienes dicen que Francisco ha puesto en funcionamiento la piqueta para destruir los cimientos de la fe en nombre de un populismo más preocupado por caer bien que por ser fiel a un evangelio acogido en el cauce de la tradición viva de la Iglesia. El Papa encuentra duros y persistentes enfrentamientos con una minoría beligerante que tiene una cierta capacidad para bloquear decisiones sinodales. En los sínodos, las decisiones importantes se toman por mayorías cualificadas, porque se prefiere avanzar sin dejar a nadie (o solo a los menos) en el camino y, por eso, las innovaciones son lentas. Algunas minorías encuentran su fuerza bloqueante en esta voluntad de sumar y no ningunear que es propia de la Iglesia. No faltan además quienes, en las antípodas de esos últimos, dicen que “Francisco marca el intermitente hacia la izquierda pero, a la hora de la verdad, gira a la derecha”

-¿Se atreverá el Papa a cambiar el sistema de elección de obispos con criterios evangélicos y transparencia democrática?
-Hace falta promover al episcopado a personas aceptadas por la comunidad cristiana y con madera de liderazgo por su radicalidad evangélica. Y hacerlo con participación de todo el pueblo de Dios y con transparencia. Una reforma en esa dirección ahorraría malos tragos al papado, como el caso de obispos encubridores de pedófilos en Chile. Pero, sobre todo, facilitaría en serio la participación y protagonismo de mujeres y hombres cristianos en la marcha de sus respectivas iglesias. Y, a mi manera de ver, eso pasa por cambiar el canon 377 articulo 1, donde se sostiene que “El Sumo Pontífice nombra libremente a los obispos o confirma a los que han sido legítimamente elegidos”. Podría decirse que “El Sumo Pontífice confirma a los obispos que han sido legítimamente elegidos y, en situaciones excepcionales, los nombra libremente”. La elección directa o la propuesta de candidatos por la comunidad fue la práctica habitual de las primeras comunidades. En la actualidad, en no menos de 30 diócesis centroeuropeas se eligen a los obispos de manera pactada entre las diócesis directamente concernidas y el Vaticano: presentan ternas, y en Roma se elige uno.

-¿Qué futuro puede pretender la Iglesia Católica?
-Es posible otra Iglesia. Lo está siendo ya en Europa y aquí también. Pero hacen falta algunas condiciones: Que tenga a Jesucristo como referencia fundamental; que se empeñe en bajar de la cruz a tantas personas pobres y pueblos crucificados; que active todos sus sentidos espirituales empezando por “los ojos de la fe”; que asuma ser no un residuo o una secta, sino un “resto” comunitario; y que sintonice creativamente con el mundo actual mediante un protagonismo de personas laicas de talante misionero, igualitario, participativo y corresponsable.

-¿De su pasado qué debe abandonar y que le puede quedar a la Iglesia?
-Tiene que mirar al futuro y no añorar un pasado que no va a volver, ni tiene por qué volver. La Iglesia debe liberarse de su pasado nacional-católico, y vivir en la espesura del mundo actual anticipando, con su acogida y entrega a los seres humanos, la verdad y bondad finales. Tiene que sintonizar con los modos de vida de las primeras comunidades y con las propuestas del Concilio Vaticano II. No debe proponerse metas imposibles o estúpidas, ni comparar cómo evolucionan en el tiempo las cifras de practicantes sacramentales. Tiene que asumir que ya es, de hecho, una minoría cuantitativa, saber que puede ser un “resto” sin poder, pero con influencia social, y atreverse a promover “gente que sabe pedir perdón antes que pedir permiso”

-¿Cómo se puede vivir hoy la fe cristiana?
-La fe no es una superideología, sino seguimiento del Cruficado en los crucificados de nuestros días, y participación y disfrute de la salvacion anticipada por el Resucitado. Los “cristianos” son, propiamente dicho, “jesu-cristianos” que siguen a un Dios con carne humana, que es caricia porque en Él vivimos, nos movemos y existimos” como les dijo Pablo a los atenienses, pero que también es, a la vez, aguijón y provocación. Es amar a los demás “porque Él nos amó (y sigue amando) primero”, y en esa experiencia se disfruta de la vida y se puede ser feliz. La cuestión no es mirar para otra parte y desinteresarse de la gente que sufre, ni tampoco estar muy ocupados sin tener tiempo nada más que para el compromiso. Lo propio del “jesucristiano” es vivir en un permanente equilibrio inestable: Sentir la “caricia de Jesús”, la alegría que sintieron los discípulos que subieron con Él al monte Tabor, y sentir también “el aguijón” de su entrega total y desamparo en el Calvario.

-Ante la falta de sacerdotes, en varios países europeos la Iglesia ha optado por agrupar parroquias en unidades pastorales y dar mayor participación a personas laicas. ¿Hay diferentes modelos?
-Sí. Se puede hablar de dos: el modelo de las diócesis de alemanas y el francés, concretado en la diócesis de Poitiers. En Alemania, donde la iglesia tiene muchos recursos económicos, desde los años 80 faltaban sacerdotes y se decidió “profesionalizar” a laicos para tareas pastorales, dándoles formación y contratándoles laboralmente para trabajos concretos. En ausencia de curas, algunos laicos eran presentados como “referentes pastorales”. Los servicios ministeriales se profesionalizaron. Como consecuencia de ello, en algunos lugares, se ha dado una burocratización notable con determinación de obligaciones y horarios. Desde el punto de vista eclesial, se les considera “colaboradores de los sacerdotes”, no laicos capaces de servir a la comunidad por sí mismos, por ser bautizados.

-¿El modelo de Poitiers fue distinto?
-Desde los años 60 los católicos franceses se venían convirtiendo en una creciente minoría social y se hablaba de Francia como “país de misión”. El proyecto que lideró el arzobispo de Poitiers Albert Rouet, entre 1994 y 2011, quería adaptase a la realidad de un diócesis rural donde también había escasez de curas. Se partió de un estudio de la realidad mediante un sínodo diocesano con amplia participación de laicos. El obispo tenia claro que no había que abandonar a su suerte a grupos de cristianos que querían seguir reuniéndose en comunidad. Así se logró consolidar o crear unas 300 comunidades y para ello se formaron Unidades Pastorales con responsables laicos de tres principales ministerios (Palabra, Liturgia y Acción Social-Caritativa), y se eligieron personas en cada comunidad para responsabilizarse de la economía, el mantenimiento de locales y servicios y representar al grupo en las reuniones diocesanas. Asunto importante en esa reforma fue la “nueva figura del sacerdote”, un cura itinerante (en bici, moto o coche) con tres tareas: garantizar la misión universal evangelizadora, relacionar a las pequeñas comunidades para evitar su sectarización y asegurar su comunión con toda la Iglesia, y, prestar el servicio litúrgico cuando fuera posible. Tras el obispo Rouet, su sucesor Pascal Wintzer desmontó ese modelo pastoral, que ha vuelto a reponerse y sigue siendo referencial para muchas diócesis de Francia y del resto de Europa.

-¿Qué lecciones se obtienen de todo eso?
-Seguramente que hacen falta obispos con coraje, casados con sus diócesis, y alejados del deseo de “hacer carrera” en la Iglesia. Hacen falta mujeres y hombres laicos dispuestos a seguir a Jesús en comunidad. Se necesitan sacerdotes dispuestos, como al comienzo del cristianismo, a ser itinerantes y animar a comunidades dispersas.Y toda la Iglesia necesita ser renovada en una espiritualidad que ayude a encontrarse con Dios en la Palabra, en la Celebración Litúrgica y en el Servicio de la Caridad y de la Justicia.