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ADELA CORTINA es catedrática de Ética y Filosofía Política en la Universidad de Valencia, doctora, honoris causa, por 12 universidades, y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Obtuvo en 2014 el Premio Nacional de Ensayo. Habló en el Foro Gogoa sobre su último libro “Aporofobia, el rechazo al pobre”.

“Hay que reclamar ahora el Estado de Justicia”

“Cuando alguien viene de fuera y reclama acogida, no se le puede negar, porque la Tierra es de todos los seres humanos”
“La pobreza es falta de libertad para poder llevar adelante planes personales de vida”
“APOROFOBIA significa rechazo a quienes son pobres y, aparentemente, no pueden devolver nada bueno a la sociedad”

Foto: Iban Aginaga

Entrevista

Javier Pagola
-Adela Cortina inventó, hace 20 años, la palabra “aporofobia”, que ha hecho fortuna en las ciencias sociales. ¿Por qué creo esa palabra?
-Hay que llamar a las cosas por su nombre. Es preciso poner nombre a la realidad, porque, solo si la reconocemos, podremos posicionarnos ante ella e intervenir. Existe, desde antiguo, la palabra “xenofobia” para hablar del odio al extranjero. Pero, aunque ha surgido algo de “turismofobia”, parece que nadie manifiesta rechazo hacia los 75 millones de turistas extranjeros ricos o acomodados, que han visitado nuestro país el último año, y que son, hoy, su primera fuente de ingresos. Lo que sí existe ahora es un verdadero rechazo a los refugiados políticos e inmigrantes pobres que llegan de fuera, de quienes dicen los desaprensivos, entre otras cosas, que vienen a quitarnos el empleo o las prestaciones sociales.
-¿De dónde sacó usted esa nueva palabra?
-Busqué en mi diccionario de griego y encontré la palabra “aporos” que se refiere a una “persona pobre, sin medios, que está en un callejón sin salida, que no puede salir adelante, que no tiene futuro”. Y propuse esta palabra “aporofobia” para referirse al rechazo hacia quienes son pobres en términos económicos y culturales, hacia aquellos que, aparentemente, no pueden devolver a la sociedad nada bueno a cambio de lo que reciben. El término “aporofobia” se puede encontrar, desde hace años, en la Wikipedia de internet, y me aseguran que dentro de poco tiempo va a estar en el Diccionario de la Real Academia Española, donde ya existe otra palabra reciente, “sinhogarismo”, que habla de las situaciones de pobreza de algunas personas –más de 40.000 en nuestro país- que no tienen una casa donde vivir. Hay muchos jóvenes universitarios que me escriben diciendo que han hecho su trabajo de fin de grado o fin de máster investigando sobre aporofobia o sinhogarismo; eso me parece prometedor. Hay muchos jóvenes que estudian economía porque piensan que crea riqueza, pero también hay muchos que estudian economía, derecho y filosofía, y tienen presente que hay que erradicar la pobreza.
-Hay “aporofobia”, aversión al pobre por ser pobre. Pero, ¿sigue habiendo xenofobia y racismo?
-Sin duda. Esa realidad está más que probada con datos. Hay recelo frente al extranjero, frente a las personas de otra etnia y cultura; existe prevención frente al diferente. Hay xenofobia y racismo, como existen la misoginia, la homofobia, la islamofobia o la cristianofobia. Son patologías sociales que precisan diagnóstico y terapia. Porque acabar con esas fobias es una exigencia del respeto, no a “la dignidad humana” en abstracto, sino a las personas concretas y con rostro visible, que son las que tienen dignidad y no un simple precio.
-¿De dónde nacen estas discriminaciones?
-En todos los casos, quien desprecia asume una actitud de superioridad con respecto al otro, considera que su propia etnia, tendencia sexual, o creencia –igual sea religiosa que atea- es superior y que, por tanto, el rechazo del otro está legitimado. Hay una ideología, una visión deformada de la realidad. En la “aporofobia” el problema es de pobreza. Es el pobre el que molesta, incluso en la propia familia, porque se ve al pariente pobre como una vergüenza que no conviene airear, mientras que es un placer presumir del pariente triunfador.
-Pero se agrede y se estigmatiza a algunas personas no por ellas mismas, sino porque pertenecen a un grupo determinado ¿No?
-Las agresiones se dirigen, a menudo, a personas concretas, pero no porque hayan causado un daño, sino porque pertenecen a un grupo concreto con ciertas características que odian quienes les rechazan. Eso lo reflejó muy bien La Fontaine en la fábula del lobo y el cordero. Conversan los dos animales, pero no hay verdadero diálogo. Dice el lobo: “Ya sé que hablaste mal de mí el año pasado”. Responde el cordero: “¿Cómo pude hacerlo si aún no había nacido yo?”. Y sigue el lobo: “Si no fuiste tú, sería tu hermano”. Replica el cordero: “Pero, ¡si no tengo hermano!”. Y concluye el lobo: “Pues fue uno de los tuyos, porque no me dejáis tranquilo. Tengo que vengarme”. Y, sin más juicio que ese, el lobo se lleva al cordero al fondo del bosque, y allí se lo come. Podría haberlo cambiado, para hacerle daño, por cualquier otro cordero del mismo rebaño. Cuando se pasa a la acción aparece el delito. El delito de odio está tipificado en el Código Penal y los malos tratos a personas sin hogar o extremamente vulnerables han crecido en nuestro país. Los maltratadores, que han llegado a quemar mendigos, suelen ser, en su mayoría, jóvenes varones que salen de una fiesta o de un lugar de diversión. Frente a esos abismos que abrimos estigmatizando a algunas personas o sintiéndonos superiores a ellas, hemos de asegurar un hogar decente para todo el mundo, poner en primer término el valor de la igualdad, y construir “un nosotros inclusivo”.
-¿Tenemos todos algo de “aporófobos”?
-Todos los seres humanos somos aporófobos. La neuroética ha descubierto que nuestros cerebros cuentan con unos códigos de conducta seleccionados por la evolución. Al parecer, en el origen de las relaciones sociales, cuando se fue construyendo el cerebro humano, hombres y mujeres vivían juntos en grupos muy pequeños, que no sobrepasaban los ciento treinta individuos y eran homogéneos en etnia y costumbres. Los códigos que fue incorporando el cerebro eran, sobre todo, emocionales y necesarios para sobrevivir, y reforzaban la ayuda mutua, la cohesión social y el recelo frente a los extraños. Las técnicas de neuroimagen revelan, en situaciones morales personales, gran actividad cerebral en el procesamiento de emociones en un circuito que va, aproximadamente, desde el lóbulo frontal hasta el sistema límbico. El temor ante el extraño, el rechazo al diferente, están biológicamente arraigados.
-Pero somos también altruistas ¿no?
-Darwin explicó que no son los individuos y grupos egoístas los que triunfan en la lucha por la vida, sino los altruistas. Los seres humanos practican también el altruismo traspasando los límites de su grupo y del parentesco. Tenemos capacidad de “reciprocar”. Estamos dispuestos a dar con tal de tener expectativas de recibir algo a cambio; estamos dispuestos a cooperar como una forma más inteligente de vivir, y de sobrevivir bien, que buscando el conflicto. Es mejor tener aliados que adversarios. Pero también somos “animales disociativos”, preparados para poner entre paréntesis a situaciones y personas que traen consigo problemas. Los pobres, los discapacitados psíquicos, enfermos mentales, inmigrantes sin papeles, los “desechables”, los que no tienen amigos bien situados, son quienes no pueden devolver algo en nuestras sociedades contractualistas, en un mundo basado en el juego de dar y recibir. La buena noticia es que nuestro cerebro tiene una gran plasticidad y se deja influir socialmente, incluso antes del nacimiento. Podemos ir más allá mediante la educación, el respeto a la igual dignidad de las personas y la compasión, es decir, la capacidad de percibir el sufrimiento de otros y de comprometernos a evitarlo. Eso lo hemos bebido en tradiciones culturales que son la experiencia humanizadora por excelencia.
-¿Podemos pretender, en el siglo XXI, acabar con la pobreza y la aporofobia?
-La pobreza es mucho más que carencia económica, es una carencia cultural. Amarthya Sen, el bengalí premio Nobel de economía en 1998, dijo que “la pobreza es falta de libertad”, es que algunas personas no pueden llevar adelante sus planes de vida. El primero de los 19 Objetivos de Desarrollo Sustentable, acordados por las Naciones Unidas para los próximos 20 años, es “Erradicar la pobreza”. A menudo hablamos de donaciones y escuchamos esas voces que dicen: “Te piden, les das, y te piden mucho más”. No se trata de eso. Se trata de empoderar al pobre, para que pueda hacer su propia vida. Hay en nuestro mundo medios suficientes para que nadie sea pobre. Tampoco se trata de combatir la pobreza de otros para que nosotros no tengamos problemas. La Comunidad Internacional firmó, en 1948 la Declaración Universal de Derechos Humanos. Ese es un compromiso que nos obliga a pretender una vida digna para todas las personas y a acabar con cualquier institución o modo de actuar que no sean igualitarios. Y eso exige educarnos en la virtud de la Compasión: la capacidad de con-padecer con otros sus alegrías y sus tristezas.
-Entre quienes intentan ser solidarios con los pobres, suelen surgir voces que dicen: “esta gente lo que necesita es trabajar”. Pero hay gente que, por razones personales, discapacidad o educación, no va a poder trabajar nunca, o no podrá hacer determinados trabajos. ¿Cómo resolver socialmente esa diversidad?
-La mejor solución es la Renta Básica de Ciudadanía. La Ilustración marcó la diferencia entre ciudananos pasivos (mujeres, niños y personas con dependencia económica) y ciudanos activos (quienes tenían autosuficiencia económica). La Renta Básica da la vuelta a esa distinción y, en vez de decir “los que son autosuficientes son ciudadanos”, dice: “quienes son ciudadanos tienen que ser autosuficientes”. La sociedad se compromete a garantizar que todas las personas, como ciudadanos, cuenten con un ingreso básico para poder vivir con dignidad. Además de disponer, mediante el Estado de Bienestar, de Educación y la Sanidad públicas, que quedan fuera del mercado. Según dicen los expertos, hay medios suficientes y los cálculos económicos indican que se puede establecer la Renta Básica de Ciudadanía. Claro que tendría un “efecto llamada” en los países empobrecidos, pero hemos de pensar en estas soluciones si deseamos erradicar la pobreza.
-En un mercado globalizado y a través de los medios de comunicación el sistema capitalista propone el consumismo y la competitividad. ¿Cómo hacer frente a esos poderes y esa cultura dominante?
-Depende de lo que cada uno cultive. Pero la tendencia a ser egoístas y aporófobos está en los humanos desde siempre. En tiempos pasados la gente no era mejor que ahora. Todo eso lo explicaron la religión con el mito del pecado original y la filosofía con la teoría del mal radical. No todo está producido culturalmente en el mundo, las tendencias biológicas existen en nosotros y eso tenemos que saberlo. Y saber también que de ninguna manera los de ahora son los peores tiempos de la historia; hemos adelantado mucho en ética y comportamientos, pero tenemos que seguir mejorando. La vida cotidiana no ayuda mucho. Precisamos una ética cívica de mínimos, común para todos. Hace falta más cultura para aprovechar mejor los recursos de la comunidad. Hay que elevar el nivel de conciencia de las sociedades, y los medios de comunicación tendrían que ayudar. Lo fundamental ahora es educar el sujeto moral. Educar en la familia, el colegio y la universidad, porque son las personas quienes manejan, por ejemplo, las redes sociales y lo hacen desde el anonimato. Los mensajes serán muy diferentes si hay detrás personas responsables, más que individuos descerebrados que trasmiten cantidad de discursos de odio apabullantes. Recuerdo un chiste de Perich en su libro “Autopista”: “Dicen que la velocidad de los vehículos depende de los caballos en el motor, pero yo creo que depende más de los burros en el volante”.
-La honda crisis ha suscitado muchas respuestas sociales de tipo asistencial. Pero, ¿dónde quedan las políticas públicas?
-A un humanista, Juan Luis Vives, el más ilustre profesor que ha tenido en seis siglos la Universidad de Valencia, le encargaron, en el siglo XVI, que hiciera un estudio sobre la pobreza en Brujas, y él concluyó que era la ciudad, su ayuntamiento, quien tenía que ocuparse de los pobres. La respuesta solidaria de tantos grupos es muy buena cosa, pero su tarea debe ser subsidiaria. Hay que atender necesidades y, a la vez, reclamar políticas públicas. Aunque debemos actualizarlo –y en eso hacen falta estudios, ideas e iniciativas de todos- no se puede retroceder en el Estado de Bienestar. Hay que reclamar ahora el Estado de Justicia. Hay unos derechos básicos de las personas que no pueden quedar al juego del mercado.
-¿Qué pensar y cómo actuar ante las desastrosas políticas de inmigración y acogida de la Unión Europea?
-La hospitalidad, la acogida han sido siempre un signo de civilización. Es muy hermoso el ideal cosmopolita que propuso Immanuel Kant: la primera condición, casi la única, es la Hospitalidad. Cuando alguien viene de fuera no se le puede negar acogida, porque la Tierra es de todos los seres humanos y cada uno ha nacido donde ha nacido por razones contingentes; nadie tiene más derecho que otra persona a estar donde está. Alguien a quien ha tocado estar ahora en Siria o en Libia está allí por mala suerte, no porque lo haya elegido por gusto. Bastante desgracia tienen quienes arriesgan su vida buscando seguridad y posibilidad de vivir en otro país. Lo mínimo que podemos hacer es abrirles las puertas; la hospitalidad es un deber moral. La cuestión es cómo hacerlo. Pongámonos a ello. Hay que establecer cuotas, y hay que fortalecer una Europa social. La Unión Europea es la comunidad que tiene propuestas más avanzadas de todos los países del mundo. En China no se puede hablar de derechos humanos. En EEUU sí se puede hablar, pero su modelo social tiene poco que ver con el Estado de Justicia. Tenemos muy difícil eso de acoger a los refugiados, porque la única líder que tuvo un buen carácter de acogida fue Angela Merkel e, inmediatamente, empezó a perder votos.