Conversaciones en el Foro Gogoa

CARMEN BERNABÉ, Directora de la Asociación Bíblica Española. Es Doctora en Teología Bíblica y Profesora titular de Nuevo Testamento en la Universidad de Deusto, habló en el Foro Gogoa sobre “El cristianismo como estilo de vida: Así vivían las primeras comunidades”.

“Los primeros cristianos atraían más por su estilo de vida que por sus creencias”

– “En la cultura grecorromana no había interés por los pobres; solo por los amigos. Los cristianos extendieron prácticas judías: la limosna y compartir bienes”.
– “A las primeras comunidades les animó una espiritualidad de amparo, acompañamiento y resistencia”.

Entrevista de Javier Pagola

-Carmen Bernabé señala la diferencia entre modos y estilos de vida ¿Dónde está esa diferencia?
-El modo de vida no se elige, sino que es impuesto por el sistema social. Es lo que se considera “normalidad”, lo que se supone que es “la realidad”. Por el contrario, el estilo de vida se elige y se adopta de forma consciente. El estilo de vida puede ser más o menos crítico y alternativo respecto al modo de vida impuesto por la sociedad a la que se pertenece. Hay prácticas que suscitan sentimientos y crean una identidad nueva. Pueden incluso modificar antiguos modos de vida y criticar a las antiguas identidades y sus prácticas. Y eso tiene una dimensión política innegable.

-Usted ha estudiado el modo de vida urbano en el Imperio Romano y los textos de los primeros siglos que reflejan un estilo de vida que daba identidad diferenciada, en prácticas y hábitos, a personas y grupos de aquel tiempo. ¿Qué supuso aquello?
-En la antigüedad grecorromana, los cínicos y los epicúreos renunciaban a ciertas expectativas sociales, negándose a realizar algunas prácticas y adoptando otras, y, en su deseo de ser personas virtuosas, llegaron a adquirir identidad propia reconocida. Es lo que pasó también con los cristianos. Los textos cristianos de los primeros siglos muestran que las personas que se integraban en las primeras comunidades de seguidores de Jesús, lo hacían atraídas por el estilo de vida y las prácticas de quienes las formaban.

-¿En las primeras comunidades cristianas contaron más las prácticas que las creencias?
-Sin duda. Para entrar a formar parte de la comunidad, quienes lo solicitaban tenían que seguir un proceso de re-socialización en el que adquirían nuevos hábitos de vida referentes a la atención y acompañamiento a las personas más vulnerables, al uso del dinero, a una pobreza asumida con el objeto de compartir bienes, a formas de comer y beber o de relación sexual, que eran críticas con el modo de vida imperante. Ese proceso de prácticas, que duraba entre dos y tres años, buscaba vivencialmente alcanzar otro estilo de vida, otra forma de ser humano. Se realizaba en compañía de miembros de la comunidad y, en todo el proceso, las palabras y el ejemplo de Jesús eran un elemento fundamental. La meta era que los modos de mirar y valorar la realidad según el estilo de vida del grupo se convirtieran en hábitos espontáneos, reflejos. Al final del recorrido, antes de su bautismo e incorporación plena a la comunidad, las personas eran examinadas, pero no de sus creencias, sino de sus prácticas.

-¿Cómo se caracterizó el estilo de vida cristiano?
-Fue por la respuesta a dos exigencias fundamentales: La primera fue el afán por eliminar las duras condiciones que afligían la vida de la mayoría de las personas. La segunda, la espera de un mañana inminente en que sucedería una regeneración radical caracterizada por el reinado de Dios sobre el mundo.

-¿Cuál era la situación social y económica de la gente en el mundo greco-romano?
-No había un sistema de bienestar público universal que ayudara a las personas más necesitadas y vulnerables en sus necesidades, ni siquiera en las mínimas. Había impuestos y tasas, pero el sistema de redistribución de la riqueza era unidireccional, vertical-ascendente, de modo que no revertía en todos los habitantes, sino que era utilizado por la élite en su solo beneficio. No había otro principio que la solidaridad familiar, o de aldea o barrio, pero con el principio de reciprocidad “te doy para que tú me des en otra ocasión”. Y existía una beneficencia para nada desinteresada: la de los “evergetas” que hacían donaciones a cambio de que sus esculturas o sus nombres aparecieran en placas de reconocimiento junto a los muros de las ciudades; o la de los “patronos”, ricos poderosos que entregaban bienes o dinero a cambio de que les dieran votos, y les tributaran la “salutatio”, un “rendez-vous” cuando les encontraban o les acompañaban en sus paseos.

-¿Los huérfanos y viudas eran la última categoría social?
-Entre quienes no pertenecían a los estamentos superiores, la muerte del cabeza de familia dejaba a la viuda y a los huérfanos en una situación de gran vulnerabilidad al perder su sostén económico, su lugar social y la protección frente a presiones y amenazas. Muchas viudas pobres con hijos pequeños se veían obligadas a mendigar o ejercer la prostitución. En Grecia, el estado se ocupaba solo de proteger a los huérfanos de guerreros que habían muerto en batalla. Entre romanos y griegos de la antigüedad era difícil encontrar generosidad con los más pobres y excluidos. Epicteto, filósofo estoico y antiguo esclavo, recomienda en su “Enchiridion” no dejarse llevar por la impresión de la persona que sufre, acompañarle solo con palabras y no dejarse afectar en lo más íntimo y central del propio ser. Sin embargo, en Babilonia, el Código de Hammurabi, de hacia 1759 a. C, habla de los huérfanos y viudas, los que más fácilmente podían ser oprimidos o engañados y a los que el rey debía proteger de forma especial.

-Los primeros cristianos fueron judíos, que tenían otra sensibilidad moral. ¿Cuando las comunidades se abrieron al mundo grecorromano de los “gentiles”, adoptaron las prácticas, más humanitarias, de Israel?
-En Israel hacer justicia a la viuda, al huérfano y al extranjero se convirtió en un valor y una responsabilidad de la comunidad. En numerosos pasajes de la Biblia aparece el incumplimiento de ese deber como una violación fundamental de la Alianza. Esta convicción desarrolló prácticas socio-políticas y económicas destinadas a aliviar, al menos en parte, su situación: la norma de “la rebusca”, o “el diezmo del tercer año de la cosecha” que se dedicaba a su atención. Esas prácticas formaban la sensibilidad moral de los judíos, del propio Jesús y de sus primeros seguidores. Jesús denunció con firmeza el expolio de las viudas y puso en medio de sus seguidores el amor y respeto a los niños que le escuchaban y recibían su bendición. Las comunidades organizaron la atención a viudas y huérfanos: hacían contribuciones voluntarias en dinero, les acogían en sus casas, les apadrinaban y posibilitaban un futuro. Según cuenta Eusebio de Cesárea la Iglesia de Roma tenía en el Siglo III un registro con 1.500 viudas. Las viudas tenían funciones especiales en la comunidad, singularmente visitar a los presos y entrenar a jóvenes en hábitos sociales, y algunas viudas que tenían bienes acogían en su casa a otras sin recursos. La organización de la comunidad llevó a fundar los primeros orfanatos en el siglo IV.

-¿Qué consideración había de la niñez en el Imperio Romano?
-Algunos niños y niñas, de familias acomodadas, eran muy queridos por sus padres, pero importaban no por sí mismos, sino como “proyectos de adulto”, garantía de continuidad del patrimonio familiar y apoyo en la ancianidad. Dominaba una gran violencia sobre la infancia. La mayoría de la población vivía en un nivel de subsistencia y controlaba la natalidad con métodos anticonceptivos (plantas, condones y pomadas espermicidas). El aborto, con altísimo riesgo para las mujeres de morir o quedar estériles, en la mayoría de los casos era decidido por los varones, quienes decidían también la vida o la muerte del bebé. Se depositaba al recién nacido sobre una losa en el suelo y era el cabeza de familia quien tenía que aceptarlo en el grupo familiar levantándolo en sus brazos. Si esto no se producía, el bebé estaba condenado. Su destino era la muerte o la “exposición”. El infanticidio eliminaba a la criatura antes de los siete días, y en algunos casos hasta a los tres años, ahogándola o arrojándola al río o a las cloacas; esa era la suerte que corrían muchos niños que nacían débiles o deformes. La “exposición” consistía en abandonar al bebé a su suerte en un paraje desértico para que muriera, o en un lugar transitado para que alguien lo recogiera; muchos de estos últimos recogidos eran criados para venderlos como esclavos o dedicarlos a la prostitución. La pederastia de hombres mayores, incluso casados, con niños de ambos sexos, se consideraba aceptable y normal.

-¿Cómo se humanizaron la vida de la infancia y de los extranjeros?
-Aquellos cristianos siguieron y extendieron las tradiciones judías, donde los abusos eran condenados severamente, porque consideraban a todos personas creadas a imagen de Dios. Hasta donde hoy se sabe, en los tres primeros siglos de nuestra era, la única crítica generalizada y la única negativa colectiva al abandono de niños se produjo ente los judíos y los primeros cristianos. El escrito cristiano sirio de la “Didajé”, de finales del siglo I, y la “Carta de Bernabé” o los textos de Justino Mártir denunciaban malos tratos y abusos sexuales como vicios incompatibles con el estilo de vida cristiano. Frente a ello los seguidores de Jesús extendieron las prácticas de adopción desinteresadas, por piedad y compasión; fueron en eso verdaderamente contraculturales. También lo fueron los cristianos en aceptar y acoger de manera universal en sus comunidades a extranjeros, a personas de diferentes pueblos, frente a las práctica de las religiones étnicas de aquel tiempo.

-¿Cómo eran considerados entonces los esclavos?
-La esclavitud estaba en la base del sistema social y económico de la antigüedad. A Aristóteles le pareció algo natural. Más tarde, en la época helenística y romana se consideraba como una situación de la que solo era responsable la fortuna. En el siglo I, Séneca pensaba que a todos los seres humanos les iguala la muerte y protestó contra el mal trato que recibían algunos esclavos, cuando escribió en su carta a Lucilio: “Son siervos, pero seres humanos”. Séneca nunca se dirigió a los esclavos; se dirigía a los amos a los que les decía que nunca era mejor que los esclavos les respetaran que que les temieran. El cristianismo hizo una aportación peculiar y nueva al dirigirse también a los esclavos. Sabemos que a los esclavos no se les reconocía el derecho sobre su cuerpo, ni a la libre movilidad, ni siquiera a su nombre que les era dado por el amo. No tenían derecho a formar una familia. Los hijos que pudieran tener de sus uniones, no reconocidas, pasaban a ser propiedad del amo, que podía separarlos y venderlos. El uso sexual de esclavos y esclavas, incluyendo a niños y niñas, era algo aceptado socialmente. Pero ejercían ese derecho los amos varones. Las relaciones que pudiera mantener la esposa del amo con un esclavo eran consideradas adulterio, del que el esclavo podía ser acusado, aunque hubiera sido obligado por el ama.

¿Qué comportamiento tuvieron aquellos primeros cristianos con los esclavos?
-Las prácticas de los seguidores de Jesús las conocemos por textos del Nuevo Testamento y algún testimonio externo. Resultan ambivalentes. A los esclavos, como seres morales, se les inculca una conciencia de dignidad, y se les trata como personas queridas por Dios y con un lugar en la comunidad de bautizados, ejerciendo incluso cierto liderazgo. Pero se les pide obediencia y sumisión a sus amos que podían ser cristianos o no. Según la mayoría de los estudiosos, los cristianos respetaron a las familias de esclavos, evitando su separación. No está claro que no se diera por parte de cristianos el uso sexual de esclavos no casados, sobre todo de mujeres. La práctica de reunir dinero para comprar la libertad de esclavos comienza a finales del siglo II. Sin embargo los cristianos no acabaron con la esclavitud y ni siquiera la denunciaron como sistema hasta el siglo IV. Es verdad que los miembros de las primeras comunidades no pertenecían a la élite, ni tenían poder para cambiar las leyes. No hicieron grandes cambios institucionales, pero generaron hábitos nuevos y, poco a poco, una sensibilidad moral nueva que fueron cuestionando prácticas normalizadas en el modo de vida de la cultura dominante.

¿Qué uso hacían los primeros cristianos de los bienes que tenían y del dinero?
-Hubo dos prácticas generalizadas: la limosna y el compartir los bienes. La expresión “limosna” está hoy devaluada, pero en la antigüedad fue una práctica determinante en el estilo de vida cristiano, porque expresaba un tipo de relaciones sociales guiado por la solidaridad y la generosidad. En la cultura grecorromana no había interés por los pobres, sino solo por los amigos. Ni en la lengua griega ni en el latín existía una palabra para designar la limosna. El término “elemosíne” fue una importación judía. Esta palabra tiene en griego la misma raíz que “éleos”, misericordia. Jesús profundizó en esta tradición, al poner la misericordia por encima de las leyes de pureza legal, en la parábola del buen samaritano. A la limosna se añadieron el préstamo sin intereses y la hospitalidad más allá del grupo familiar. Del compartir bienes habla Lucas en los capítulos 2 y 4 de los Hechos de los Apóstoles: cada uno, según sus posibilidades, aportaba al fondo común bienes y dinero para salir al paso de las necesidades de los pobres, para remediar necesidades básicas y vitales, y nunca para esperar honores o nada a cambio, Esa práctica construía comunidad y le daba cohesión. Al compartir se creaban sentimientos de identidad, pertenencia y fraternidad poderosos.

-¿Qué espiritualidad animaba a aquellas comunidades cristianas primeras?
-El mundo en que vivían estaba plagado de espíritus (daimones) buenos y malos, algunos de muertos recientes y antepasados, espíritus que podían ser utilizados en contra o a favor de ciertas personas con magias y hechizos. El estilo de vida cristiano supuso una liberación de todas esas fuerzas que poblaban el universo. La Espiritualidad cristiana tenía en Jesús muerto y resucitado su centro y su brújula; estaba firmemente enraizada en la historia, aunque sin abandonar la utopía; obligaba a tomarse en serio la causa de los pobres ya un cambio ético y social. La persona humana y su causa resultaron irrenunciables. Dice Fidel Aizpurua que aquella espiritualidad, de base bíblica, fue para los primeros seguidores de Jesús “una espiritualidad de amparo, de acompañamiento y de resistencia esperanzada”-